Tiempo
Resta Uno

Curatorial text
En el Resta Uno, cada movimiento cambia por completo el escenario de la partida. Al retirar una pieza, las que permanecen adquieren nuevas posiciones y las jugadas posibles dejan de ser las mismas. La partida se construye a partir de lo que acaba de suceder. Una pieza eliminada no vuelve y cada movimiento abre o cierra caminos que antes ni siquiera existían.
Hay algo en esa mecánica que permite pensar de otra manera en la acción del tiempo sobre las cosas. El tiempo no decide nada, pero su paso va alterando aquello que encuentra. El uso desgasta, la intemperie decolora, el óxido corroe, las superficies cambian y las estructuras pierden poco a poco las condiciones que tuvieron alguna vez. Lo que tenemos delante es siempre el resultado de una historia que ha ocurrido aunque nadie haya estado allí para verla.
La locomotora de la fotografía pertenece a una época industrial en la que cada elemento tenía una función y el conjunto dependía de que todas sus partes respondieran a ella. El hierro debía resistir, las piezas tenían que mantenerse ensambladas y la máquina debía hacer aquello para lo que había sido construida. Con los años, todo ese orden se fue alterando. El óxido penetró en el metal, transformó su superficie y debilitó su estructura. Y cuando la locomotora dejó de cumplir su función, se produjo una segunda transformación: una máquina concebida para avanzar quedó detenida, separada del sistema del que formaba parte.
El óxido resulta especialmente significativo porque permite ver el proceso. No es una representación del tiempo ni una metáfora de la vejez. Es materia transformándose. Una reacción que avanza lentamente y cuya historia queda escrita en el metal. Cada mancha, cada pérdida de superficie, cada cambio en la textura habla de algo que sucedió sin necesidad de palabras. El pasado no aparece como una imagen del pasado. Está presente en la materia tal como ha quedado.
El Resta Uno ayuda a ampliar esa mirada. En el juego, cada pieza que desaparece cambia las opciones disponibles para la siguiente jugada. En la locomotora ocurre algo parecido: cada transformación modifica lo que podrá suceder después. No hay una voluntad detrás del proceso, nadie decide cuál será el siguiente movimiento. La máquina está expuesta al tiempo, y cada modificación produce nuevas condiciones.
La fotografía detiene ese proceso únicamente para nosotros. Conserva durante un instante una forma que continúa cambiando fuera de la imagen. Cuando volvemos a mirar la fotografía, sabemos que la locomotora ya no está exactamente como aparece ahí. La imagen mantiene una versión de ella que el tiempo ya ha empezado a modificar.
Resta Uno puede ser, entonces, el nombre de lo que queda después de una larga sucesión de cambios. No habla de ganar ni de llegar al final. Habla de una condición que aparece después de todo lo que ha desaparecido por el camino y que, aun así, permanece abierta a nuevas transformaciones.
Frente a la cámara no encontramos algo que haya quedado fuera del tiempo. Encontramos, por fin, algo en lo que el tiempo se ha vuelto visible.