Tiempo

Hay un momento en que una cosa deja de ser simplemente lo que fue. Su aspecto empieza a revelar el tiempo que ha vivido, como si la materia acabara incorporando en su propia superficie todo lo que le ha sucedido. Es ahí donde se fija mi mirada. No me interesa reconocer la edad de las cosas, sino observar cómo cambian y cómo ese cambio queda inscrito en ellas.

Tiempo surgió al encontrarme una y otra vez con estructuras ferroviarias, maquinaria industrial y superficies cubiertas de óxido. Pero la serie no nace de una fascinación por lo antiguo ni por la ruina. Lo que me interesa es poder mirar una materia y descubrir en ella un proceso que ocurrió sin mí. El óxido hace visible algo que normalmente permanece oculto: una transformación que ha tardado años en hacerse evidente.

Cada vez me convence más una idea: el tiempo no pasa. Pasamos nosotros. Nuestra vida tiene un principio y un final, atraviesa el crecimiento, el desgaste y la desaparición. El tiempo no necesita hacer nada de eso. Permanece mientras todo lo demás cambia. Quizá sea precisamente esa permanencia lo que nos permite advertir su presencia en las cosas.

Una fotografía introduce una pausa en ese movimiento. Cuando la volvemos a mirar, aquello que aparece en ella ya ha seguido su curso. La superficie ha continuado cambiando, aunque la imagen conserve una forma que el mundo dejó atrás casi desde el mismo momento en que fue fotografiada.

Eso es lo que busco en Tiempo. No sé de antemano qué puede formar parte de la serie. Puede ser una pared, una planta que se abre camino entre una grieta, un árbol, una pintura, un paisaje, una máquina o un edificio. No hay una lista de motivos ni un recorrido establecido. La serie avanza allí donde encuentro una transformación que merece ser observada.

Quizá fotografiar sea una forma de detenerse ante lo que el tiempo va dejando. No podemos hacer una fotografía del tiempo, pero sí de lo que hace con las cosas. Podemos ver cómo desgasta, deforma, invade, modifica y, poco a poco, convierte una materia en otra cosa.

Y quizá lo que queda no sea un recuerdo. Puede ser algo mucho más profundo: una transformación que acaba formando parte de aquello que la ha sufrido. Hay cambios que ocurren sin testigos y que no necesitan ser contados. Basta con que alguien, alguna vez, se detenga a mirarlos.

Tiempo nace en ese punto: entre lo que ya ha ocurrido y aquello que todavía está cambiando.

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