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Tiempo

Biela de acoplamiento

Texto Curatorial

Una locomotora antigua puede hacernos pensar en una idea que solo se vuelve verdaderamente comprensible con los años: hay fuerzas que alcanzan su propósito precisamente porque actúan juntas. La biela de acoplamiento une las ruedas motrices y permite que el esfuerzo de una se transmita a las demás, manteniendo el conjunto en una misma marcha. Su importancia está en la relación que establece.

La vida también acaba enseñándonos el valor de esa relación. Crecemos creyendo que avanzar depende, sobre todo, de nuestra propia capacidad. Con el tiempo entendemos que hay trayectos que adquieren otro sentido cuando se comparten con quienes caminan en una dirección semejante. No porque necesitemos renunciar a nuestra autonomía, sino porque determinadas fuerzas se potencian cuando encuentran un punto de encuentro.

Los años participan de ese aprendizaje de una manera menos amable. Modifican el cuerpo, cambian nuestras prioridades y deshacen algunas certezas para dar lugar a otras. En las cosas, esa acción resulta visible: la pintura se cuartea, el hierro se cubre de óxido, las superficies pierden su integridad. Son señales de una transformación que no ocurre de golpe, sino lentamente, mientras la existencia sigue su curso.

Esta pieza pertenece a una locomotora de otro tiempo, concebida para una tecnología y una forma de desplazamiento que hoy han quedado atrás. Su estado actual hace visible esa distancia. El hierro conserva las marcas de los años y, con ellas, la historia de una función que ya no desempeña.

Quizá ahí resida una idea de madurez. No en llegar intactos, sino en comprender mejor qué merece nuestra fuerza, qué vínculos ayudan a sostenerla y hacia dónde queremos dirigirla. Una locomotora avanza porque sus partes encuentran una coordinación precisa. También nosotros aprendemos, con el tiempo, que el camino puede hacerse más firme cuando sabemos con quién compartirlo.

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