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Tiempo

La onomatopeia de una campana

Texto Curatorial

Una campana sirve para llamar la atención. Su sonido anuncia una llegada, una partida, el comienzo de algo o el momento en que toca hacer una pausa. Durante siglos, un tañido bastaba para que muchas personas supieran que había llegado una hora determinada. El sonido convertía un instante en una referencia compartida.

Quizá por eso hemos inventado tantas maneras de medir el tiempo. Calendarios para ordenar los días, relojes para repartir las horas, alarmas para recordarnos lo que no queremos olvidar. Incluso hemos llenado nuestra vida de señales sonoras: el teléfono, el ascensor, el timbre de una puerta, el aviso de una estación. Cada una reclama unos segundos de nuestra atención. Ninguna consigue, sin embargo, detener aquello que pretende anunciar.

Un sonido puede hacernos correr para no perder un tren, esperar a alguien que llega o levantarnos cuando todavía querríamos dormir. Basta un breve aviso para cambiar lo que estamos haciendo. Hemos construido un lenguaje de sonidos para orientarnos dentro de algo que nunca ha necesitado nuestra organización para seguir su curso.

Quizá ahí esté la paradoja. Pasamos buena parte de la vida intentando no perder la hora y, sin darnos cuenta, dejamos escapar el tiempo. Miramos el reloj para saber cuánto queda, escuchamos una alarma para recordar lo que toca hacer y seguimos contando días como si fueran inagotables.

Frente a este antiguo instrumento, el óxido introduce otra medida. Los años no necesitan campanas, relojes ni calendarios para hacerse visibles. Van dejando su propia señal, silenciosa, sobre el hierro.

Tal vez el tiempo sea precisamente eso: lo único que no necesita sonar para hacerse notar. La campana la inventamos nosotros. El tiempo nunca necesitó que lo llamáramos.

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