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Tiempo

Parachoques

Texto Curatorial

Todo parachoques está hecho para ir por delante. Esa es su condición: recibir el golpe, amortiguar el impacto y proteger lo que viene detrás. Quizá por eso me atraen las marcas que deja el uso. No llegan de una vez. Se van acumulando hasta formar parte de la propia historia del objeto.

Me gusta ese rojo que permanece sobre el hierro. Me lleva a pensar en las manos de un hombre del sertão curtidas por el trabajo, en las arrugas alrededor de los ojos de quien ha vivido mucho, en los tatuajes que alguien decidió llevar en la piel, en las cicatrices que nadie eligió. No porque toda marca tenga que ser hermosa, sino porque hay una sinceridad difícil de fabricar en quien no necesita ocultar las huellas de lo vivido.

Con los años también cambia nuestra manera de entender lo que nos ocurre. Una derrota a los veinte puede adquirir otro significado décadas después. Un error puede enseñarnos algo que ninguna certeza consigue enseñarnos. Pedir ayuda puede requerir más valor que fingir que podemos con todo. Cambiar de opinión, reconocer una debilidad, admitir que nos hemos equivocado: quizá ahí empiece una forma más serena de madurez, cuando ya no necesitamos parecer impecables.

Por eso prefiero lo vivido a la apariencia de perfección. Una superficie marcada cuenta que estuvo expuesta, que recibió golpes, que atravesó circunstancias. Con las personas ocurre algo parecido. Hay señales que no las desmerecen. Las hacen reconocibles.

Quien va delante recibe primero el impacto, pero también despeja el camino. Esa posición tiene un precio y exige responsabilidad.

El tiempo no evita las marcas. Con los años, incluso cambia nuestra forma de mirarlas. Algunas heridas cicatrizan; otras permanecen. Todas pertenecen a una historia. Y quizá lo más valioso sea precisamente aquello que no puede fingirse.

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