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Exposição Recôncavo: um mundo de muitos mundos e mistérios

Tan fugaz como el color de la piel

Date
2026
Location
Acupe, Santo Maro, Bahia, Brasil

Texto Curatorial

El color de la piel debería importar tan poco que no hiciera falta recurrir a ninguna metáfora para expresar su insignificancia. Ninguna comparación alcanzaría a explicar lo irrelevante que es una diferencia que nunca debería haber tenido tanto peso en la vida de nadie. Sin embargo, durante siglos se ha utilizado para dividir a las personas, justificar la violencia y decidir quién merece libertad, respeto y dignidad.

Quiero saber quién eres por dentro. Conocer tu carácter, tu bondad, tus penas, tus alegrías, tus miedos y todas esas contradicciones que te hacen ser quien eres. Quiero descubrir cómo tratas a los demás, qué muestras cuando las cosas se ponen difíciles y cómo respondes ante la fragilidad ajena. Eso es lo que determina si quiero quedarme o marcharme, acercarme o mantener las distancias, buscar tu compañía o seguir mi camino. Tu color de piel no me dice nada de todo eso.

Los colores me interesan cuando elijo qué ponerme: las zapatillas, las camisas y la ropa con la que quiero llamar la atención, atraer alguna mirada o probar combinaciones distintas. Me gusta esa libertad de cambiar. Las estaciones pasan, las modas quedan atrás y lo que ayer parecía imprescindible pierde pronto su atractivo. Aparecen otros colores, hacemos nuevas elecciones y vuelta a empezar. La piel no tiene nada que ver con ese ciclo. No es una moda, un complemento ni una forma de expresar el estilo propio. Mucho menos debería servir para medir el valor de una persona.

Lo que me importa es sentir otra piel junto a la mía, una caricia que reconforta, un olor que despierta recuerdos, el calor de otro cuerpo cerca. Me importa el abrazo que lo dice todo sin necesidad de palabras, la conversación que se alarga hasta la madrugada, la confianza que nos permite compartir aquello que casi nunca contamos a nadie. Me importa la cercanía que surge cuando dos personas pueden estar juntas sin tener que dar explicaciones sobre quiénes son. Eso es lo que me da motivos para quedarme.

El color de la piel no me dice si alguien es generoso o cruel, si sabe querer o si trata a los demás sin respeto. Tampoco revela su inteligencia, su sensibilidad, su valentía o sus defectos. Y, aun así, hay quienes se sirven de esa característica física para marcar distancias, imponer jerarquías y decidir quién merece respeto. Cuesta entender que una diferencia tan superficial pueda condicionar tanto la forma de juzgar a otra persona.

Quiero conocer a alguien sin que su aspecto determine lo que espero encontrar. Quiero descubrir sus virtudes, reconocer sus defectos, admirar sus decisiones o discrepar de ellas. Quiero tener la libertad de sentir afecto, deseo y confianza, de llevarme una decepción e incluso de marcharme. No debería hacer falta justificar que nos acerquemos a alguien por su apariencia, del mismo modo que el prejuicio nunca debería ser motivo para mantener las distancias.

La piel también es el lugar por el que sentimos el mundo: el frío, el calor, la delicadeza de una caricia y la fuerza de un abrazo. Pero no es el pigmento lo que hace que esos momentos tengan sentido. Lo que importa es la persona, lo que transmite con cada gesto y la conexión que se establece más allá de lo que alcanza la mirada.

Damos demasiada importancia a una diferencia que no hemos elegido, mientras dejamos de lado tantas cosas que vamos construyendo y descubriendo a lo largo de la vida. El color de la piel puede seguir siendo el mismo, pero los pensamientos cambian, los sentimientos maduran y las convicciones evolucionan. El aspecto de nadie cuenta toda su historia. Lo que somos se ve en nuestros actos, en nuestras relaciones y en la manera de tratar a quienes se cruzan en nuestro camino.

Frente a todo lo que encierra una vida, el color de la piel debería importar bien poco. No porque desaparezca, sino porque nunca tendría que determinar el valor de una persona. Quiero conocer a las personas, no ponerles etiquetas. Quiero reconocer la humanidad del otro antes de juzgarlo y entender que su dignidad no depende de su apariencia.

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