La hermosura del retrato extraño
Durante mucho tiempo, algunas fotografías me hicieron dudar de mis propias decisiones. Cuando un color parecía demasiado intenso, un contraste me incomodaba o una sombra adquiría más peso del que alguien esperaba, volvía a la imagen. Intentaba comprender la forma de mirar del otro y, a veces, acercar la fotografía a una percepción más compartida.
Aquel ejercicio fue importante. También lo fue comprender que tener en cuenta la percepción ajena no significa someter la imagen a ella. La fotografía sigue siendo el resultado de una elección, y toda elección lleva consigo una forma particular de mirar.
La belleza reconocible siempre me ha fascinado. Hay algo profundamente seductor en una luz precisa, en el maquillaje, en una piel cuidadosamente trabajada, en la elegancia de una composición. No pretendo romper con ese universo. Lo que apareció fue otra posibilidad de fascinación.
Empezó a surgir en fotografías que se alejaban de la apariencia habitual del retrato. Un color llevado hasta la intensidad, una superficie marcada, un reflejo, una sombra, una expresión inesperada, una proximidad capaz de modificar la percepción de un rostro. Pequeños acontecimientos visuales empezaron a adquirir una fuerza que no dependía de ningún ideal de apariencia.
La atención al detalle siempre ha estado en el centro de mi forma de fotografiar. Muchos de estos retratos nacieron de ese impulso, sin un proyecto previo y sin intención de reunir las imágenes bajo una misma idea. Los hice porque algo, en aquel instante, despertó mi interés.
La idea de la serie llegó después.
Al volver sobre las imágenes, empecé a reconocer una recurrencia que nunca había sido planificada. Había una atracción por determinadas expresiones, proximidades e irregularidades de la imagen. Eran retratos capaces de alterar el reconocimiento inmediato y de establecer otra relación con la persona fotografiada.
Fue entonces cuando la cuestión de la belleza adquirió otra dimensión.
Lo que llamamos bello está condicionado por convenciones que aprendemos a reconocer antes incluso de advertir que son convenciones. La fotografía conoce profundamente esos códigos. También sabe apartarse de ellos, deformarlos, interrumpirlos y encontrar interés visual en aspectos menos previsibles de la apariencia.
Es ahí donde encuentro esta forma particular de hermosura.
La palabra importa porque no pretende establecer una nueva regla estética. Nombra una experiencia íntima ante imágenes que quizá no coincidan con los criterios más habituales de belleza. Hay fotografías que me fascinan precisamente porque no ofrecen una apariencia inmediatamente conciliadora.
Aquí, la extrañeza forma parte de la propia construcción del retrato. La proximidad puede alterar un rostro. El encuadre puede despojarlo de su familiaridad. Una expresión fugaz puede adquirir una intensidad que nunca tendría fuera de la fotografía. Un fragmento puede alcanzar la autonomía suficiente para sostener por sí solo la imagen.
No me interesa decidir si estas fotografías son bonitas según algún criterio. Me interesa reconocer el momento en que una imagen deja de pedir aprobación y empieza a ejercer una atracción propia.
Esta percepción también cambió mi relación con la edición. Antes, una reacción negativa podía despertar en mí el deseo de rebajar la intensidad para hacer la fotografía más accesible. Hoy, la primera pregunta es otra: ¿qué hay en esa intensidad que me llevó a elegirla?
No se trata de construir una estética enfrentada a la belleza. La belleza convencional sigue siendo fascinante. Se trata de ampliar la atención hacia formas de fascinación que pueden surgir más allá de ella.
Quizá por eso el título me llevó precisamente a esta palabra.
Sé que algunas de estas imágenes no corresponden a lo que normalmente llamamos bonito.
Y, aun así, mirad cuánto me fascinan.
La serie sigue abierta porque el descubrimiento también lo está. No hay una cantidad prevista ni un punto fijado de antemano para ponerle fin. Pueden surgir nuevos retratos siempre que esta mirada vuelva a reconocer una forma de belleza que quizá antes hubiera pasado inadvertida.
Para mí, la fotografía se ha convertido también en un lugar de cambio: una forma de descubrir que el gusto no es inmutable y que aquello que hemos aprendido a llamar bello puede adquirir nuevas dimensiones cuando la mirada encuentra nuevas razones para fascinarse.
