Rinoceronte baiano

Los tratados de zoología jamás registrarán esta especie.

No porque le falten huesos, músculos o sangre, sino porque nunca ha pertenecido al ámbito de la naturaleza. Pertenece a otro campo, mucho más difícil de catalogar: el de la invención colectiva.

Existe un error recurrente al suponer que la creación popular aspira a la fidelidad. Nunca lo ha hecho. Su ambición siempre ha sido otra. No reproducir el mundo, sino ampliar el número de cosas que el mundo es capaz de contener.

El rinoceronte de Acupe no representa a un rinoceronte. Representa la libertad de abandonar la obligación de parecerse a algo.

Toda representación nace sometida a un modelo. Toda creación verdadera comienza cuando el modelo deja de importar.

Por eso, quizá la pregunta más pobre ante esta fotografía sea: «¿A qué se parece?»

La pregunta fecunda sería otra.

¿Qué hizo posible imaginar una criatura que ninguna necesidad exigía y que, aun así, acabó conquistando un lugar permanente dentro de una celebración?

Los Caretas de Acupe respondieron sin escribir tratados, manifiestos ni teorías. Respondieron creando una forma que no reivindica autenticidad zoológica, precisión histórica ni fidelidad estética. Reivindica únicamente el derecho a existir.

Quizá toda cultura alcance su madurez cuando deja de repetir el mundo y empieza a añadir algo a él.

Este rinoceronte jamás caminó por las sabanas africanas.

Y, sin embargo, encontró su hábitat: el Recôncavo Baiano.

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