El dueño de (su) mundo: el tren del Sr. Gray
En el viejo tren de la Estación de la Calçada, un gato gris parece haber resuelto por su cuenta una cuestión que a los humanos nos da por complicar hasta el infinito: ¿quién es dueño de qué?
No soy especialmente aficionado a los gatos. Jamás he maltratado a un animal, y casi parece necesario aclararlo hoy en día, cuando cualquier opinión viene con la obligación de demostrar antes que uno es una buena persona. Pero hay algo en la independencia de los gatos que no termina de convencerme. Entiendo que muchos la admiren, en los animales y también en las personas. A mí me sucede justo lo contrario. Me gusta la cercanía, el trato con los demás, hacer cosas juntos, construir a partir de lo que compartimos. Somos seres mucho más sociales que los gatos, aunque siempre habrá quien encuentre una excepción y se apresure a recordarnos que ninguna generalización es perfecta. Hablo de la mayoría. De una característica, no de una ley.
Y, sin embargo, este gato consiguió desmontarme.
Tenía una manera de estar que imponía. Una mezcla de solemnidad, amor propio y autoridad que me llevó a bautizarlo como Sr. Gray. El nombre fue mío. Se lo puse porque había en él algo casi aristocrático, una especie de altivez tranquila, y porque transmitía la impresión de que no necesitaba demostrar quién estaba al mando. Simplemente lo estaba.
Yo llevaba un teleobjetivo y decidí acercarme deliberadamente. Quería comprobar qué haría ante aquel aparato grande y blanco y ante un desconocido que se le venía encima con una cámara. Fui acercándome hasta quedar a unos treinta centímetros. La lente dejó de enfocar. Más cerca ya no podía. Él, en cambio, ni se inmutó. No retrocedió. No giró la cabeza. Ni siquiera movió una oreja.
Y entonces ocurrió algo curioso: comprendí que yo había ido hasta allí pensando que iba a poner a prueba su valentía. Quizá el que estaba siendo puesto a prueba era yo.
Después pregunté a los vigilantes de la estación. Así descubrí que aquel tren es la casa de los gatos. Hay más de uno viviendo allí, aunque nadie parecía ponerse de acuerdo sobre cuántos: dos, tres… Las cifras cambiaban según a quién preguntara. Lo que no cambiaba era la respuesta a otra pregunta. Todos tenían muy claro quién mandaba dentro de aquel tren: el Sr. Gray.
Tal vez sea precisamente eso lo que me interesa. Para mí, aquel tren está cargado de significado. Es patrimonio, memoria, arquitectura, historia. Para él no es ninguna de esas cosas. Es casa. Nada más.
Yo llego con una cámara, miro, calculo, busco una distancia desde la que observar. Él no tiene que hacer nada. Está en su sitio, en el lugar que conoce, y mi presencia no parece exigirle ninguna decisión. Yo tengo que decidir hasta dónde puedo acercarme. Él ni siquiera tiene que decidir si merece la pena prestarme atención.
De ahí salió el título. La inversión me pareció inevitable. Para el Sr. Gray, el mundo es suyo.
Ese (su), entre paréntesis, es mi manera de reclamar una pequeña parcela de algo que quizá no me pertenece en absoluto. Quizá solo pertenece a quien llegó antes, se quedó y supo ocuparla.
