Aterrizaje de lo sagrado
Hay un instante en que lo sagrado pierde distancia. Desciende de la esfera de los símbolos y encuentra el cuerpo caliente, donde la fe deja de ser una idea y adquiere peso, temperatura, poros. El sudor marca este cambio. No adorna la piel: nace de ella. Es la marca silenciosa de una presencia sometida a las leyes elementales de la carne.
El collar introduce otra dimensión. Sobre la piel, el objeto conserva un peso diferente, como si llevara consigo una memoria anterior al propio cuerpo que lo sostiene. No hace falta nombrar el misterio para reconocerlo. Hay cosas que pertenecen al ámbito de lo sagrado precisamente porque se resisten a la explicación.
Quizá la fotografía ocurra en este punto de fricción. El cuerpo humano recibe los signos de la devoción sin desaparecer bajo ellos. El sudor sigue ahí. La piel sigue ahí. Lo sagrado encuentra el cuerpo sin purificarlo de su condición terrenal.
Aquí, sin embargo, no hay intención de repetir a ninguno de los dos. Existe otra posibilidad: permitir que la imagen encuentre su propia sustancia. El sudor devuelve lo sagrado a la tierra. La piel le ofrece una superficie. Los símbolos quedan suspendidos sobre un cuerpo que respira.
Lo sagrado, entonces, no está por encima de la humanidad. Está dentro de ella.
