"O mal é da idade, que pra tal menina não há um só remédio em toda medicina"
La chica de la canción de Luiz Gonzaga y Zé Dantas no sabe ponerle nombre a lo que le pasa. El médico tampoco puede recetarle ningún remedio. Se limita a reconocer que ciertos cambios tienen menos que ver con el cuerpo que con el propio paso de la vida. Crecer siempre ha sido una experiencia para la que no existe remedio.
Quizá por eso las namoradeiras llevan tanto tiempo asomadas a las ventanas. No para representar a una persona concreta, sino para conservar el recuerdo de una edad. Una edad de descubrimientos, inquietudes y promesas, cuando la calle todavía parecía capaz de traer consigo todas las novedades del mundo.
La pequeña figura sigue mirando hacia fuera, como si permaneciera en ese intervalo. Ya no es la infancia que quedó atrás, ni la madurez que todavía está por llegar. Es apenas ese breve instante en el que la vida empieza a anunciar, sin explicaciones y sin vuelta atrás, en quién acabará convirtiéndose cada uno.
Quizá ninguna otra edad haya sido tan cantada, tan recordada y tantas veces añorada. Y quizá por eso nunca se haya encontrado un remedio para ella.
