El color que nada explica

El color de la piel es una diferencia superficial del cuerpo humano. No determina la inteligencia, el carácter, la dignidad ni las capacidades de una persona, ni permite establecer una jerarquía entre seres humanos. Sin embargo, esa diferencia fue convertida en un criterio de clasificación, cargada de significado político y utilizada como instrumento de dominación. Un rasgo contingente de la apariencia llegó a sostener un orden social entero.

Nego Fugido mantiene abierta esa construcción histórica. Su continuidad en Acupe impide situar la esclavitud como un episodio definitivamente clausurado. Las categorías producidas por aquel sistema no desaparecieron con la abolición, y la libertad jurídica no bastó para deshacer la lógica que había vinculado apariencia, valor y posición social.

La dimensión del absurdo reside en la desproporción entre el origen de esa diferencia y las consecuencias que llegaron a construirse sobre ella. Una característica incapaz de determinar el valor de una persona adquirió fuerza suficiente para sostener un sistema de explotación humana. El color de la piel sirvió para naturalizar la explotación, legitimar la violencia y establecer fronteras de pertenencia. Una diferencia física acabó convertida en una herramienta de poder.

No existe un fundamento natural para esa operación. Existe una historia construida a través de intereses, instituciones y formas de representación que otorgaron autoridad a una distinción arbitraria hasta hacerla parecer evidente. La raza, entendida como sistema de clasificación humana, no descubrió una jerarquía inscrita en la naturaleza. Fue una construcción social cuya apariencia de inevitabilidad dependió de su repetición y de las estructuras que la sostuvieron.

Por eso la cuestión sigue abierta. Todavía es necesario afirmar que el color de la piel no guarda relación alguna con el valor de una vida humana. Que esa afirmación continúe siendo necesaria revela la profundidad del problema. No se trata únicamente de la persistencia del prejuicio individual, sino de la dificultad de desmantelar por completo una forma de pensamiento que convirtió una diferencia física en una categoría social con consecuencias concretas.

Lo que permanece no es la obligación de recordar indefinidamente la esclavitud, sino la necesidad de comprender por qué algunas de las ideas que la hicieron posible siguen teniendo efectos en el presente. Una sociedad puede abolir jurídicamente un sistema y conservar durante generaciones las formas de percepción, clasificación y jerarquización que se desarrollaron dentro de él. En esa persistencia, la memoria deja de mirar únicamente hacia atrás y adquiere una dimensión crítica sobre el presente.

La cuestión que plantea Nego Fugido no reside en la diferencia entre los colores de la piel, sino en el poder que una sociedad llegó a depositar sobre esa diferencia. Una variación mínima de la apariencia se convirtió en fundamento de desigualdades de proporciones históricas. Que semejante absurdo siga exigiendo reflexión revela cuánto queda todavía por transformar en nuestra manera de comprender la humanidad.

El color de la piel nunca tuvo la importancia que le atribuimos. La dimensión inmensa pertenece a la construcción histórica levantada sobre esa diferencia. Esa desproporción es la que todavía necesitamos afrontar.

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