El color no es una coincidencia

El color no es una coincidencia

El color es uno de los elementos de la composición que más me atraen. Soy baiano, y esa relación lleva mucho tiempo formando parte de mi manera de mirar Bahía y África. Reconozco la misma atracción en elecciones completamente personales, como mi gusto por las zapatillas y la ropa de colores. En algún momento empecé a preguntarme si había algo más allá de mi propia sensibilidad detrás de esa recurrencia. Quise saber si existía alguna relación histórica, cultural o social documentada entre las poblaciones negras y determinadas formas de percibir, elegir o utilizar el color. Por eso empecé a investigar.

La psicóloga sudafricana K. W. Grieve, vinculada al Department of Psychology de la University of South Africa, en Pretoria, estudió a 26 sudafricanos negros, 11 hombres y 15 mujeres, todos urbanizados y escolarizados, en Traditional Beliefs and Colour Perception, publicado en 1991. El negro y el rojo aparecieron entre los colores preferidos por el grupo. Sin embargo, el resultado exigía cautela. Las asociaciones encontradas eran, en general, coherentes con las observadas en estudios occidentales y “did not appear to indicate ethnic differences based on traditional beliefs”. La autora añade que “the particular significance of colour cannot be separated from the context in which it is observed”.

En Senegal, los psicólogos Walter D’Hondt y Michel Vandewiele, vinculados a la École Normale Supérieure de la Université de Dakar, estudiaron a 2.500 niños de educación primaria y 943 estudiantes de educación secundaria. Publicado en 1983, Colors and Figures in Senegal encontró el marrón como la preferencia cromática más frecuente entre los niños más pequeños y el negro entre los estudiantes de mayor edad. Los autores plantearon posibilidades relacionadas con la identidad cultural, la sensibilidad hacia el color moldeada por la cultura y las tradiciones mentales de los distintos grupos étnicos, sin establecer una explicación única para los resultados.

En Estados Unidos, el psicólogo N. Clayton Silver, de Tulane University, y sus colaboradores estudiaron en 1988 las preferencias cromáticas de 582 estudiantes universitarios. El azul fue el color elegido con mayor frecuencia entre los grupos estudiados, pero los participantes negros mostraron una mayor preferencia relativa por el rojo, el morado, el negro y los colores menos escogidos, mientras que los participantes blancos eligieron con mayor frecuencia el azul y el verde. El estudio documenta, por tanto, una diferencia estadística en las preferencias cromáticas, pero no proporciona fundamentos para atribuirla a un único origen cultural o racial.

La antropóloga Anita Jacobson-Widding llevó la investigación hacia otro territorio con Red-White-Black as a Mode of Thought, publicado en 1979. Su estudio sobre los pueblos del Bajo Congo no trata simplemente de preferencias estéticas. Analiza sistemas de clasificación cromática integrados en el simbolismo ritual y en el pensamiento cognitivo. El rojo, el blanco y el negro aparecen inscritos en relaciones culturales específicas. El color deja de ser únicamente una propiedad visual y pasa a formar parte de la organización simbólica de la experiencia.

En Brasil, el antropólogo Mattijs van de Port, investigador del Research Centre Religion and Society del Department of Anthropology de la University of Amsterdam, estudió la circulación de imágenes, prácticas y estéticas del Candomblé en la esfera pública de Salvador en Candomblé in Pink, Green and Black. Su investigación muestra cómo este repertorio llegó a funcionar como un importante “symbol bank” para distintos grupos y cómo su circulación en el espacio público produjo nuevos marcos para aquello que la antropología había construido tradicionalmente como religión y como un “African universe in Brazil”.

Después de estudiar estos trabajos, llegué a una conclusión diferente de la que quizá habría alcanzado si simplemente hubiera buscado confirmar una impresión personal. No encontré fundamento científico para afirmar que las personas negras tengan, por naturaleza, una mayor preferencia por el color o por los colores más intensos. Encontré diferencias de preferencia en determinados grupos, sistemas culturales específicos de significación y una historia documentada de usos simbólicos del color en sociedades africanas y afrodiaspóricas.

La investigación no redujo mi atracción por el color. Hizo más compleja la pregunta que existe detrás de ella. Lo que percibo en Bahía, lo que reconozco en África y aquello que elijo para mí no necesitan compartir un único origen para estar relacionados. El color puede ser percepción, elección, contexto, memoria, identidad, ritual o pertenencia. También puede permanecer simplemente como una fuerza visual.

Quizá sea precisamente esa imposibilidad de reducir el color a una única explicación lo que continúa atrayéndome. Cuanto más intento comprender lo que produce el color, más percibo que su presencia se extiende mucho más allá de lo que el ojo alcanza a reconocer.

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El color no es una coincidencia | Thiago Aquino | Thiago Aquino